
Dios vs. el Diablo
Soy ateo.
No porque tenga pruebas de que Dios no existe, sino porque nadie ha conseguido convencerme de que exista. Y mucho menos de que sea exactamente como lo describen quienes hablan en su nombre.
Desde niño me contaron una historia sencilla.
Dios era bueno.
El Diablo era malo.
Dios representaba la luz.
El Diablo representaba la oscuridad.
Y durante años, muy pocos, acepté ese relato sin hacer demasiadas preguntas.
Pero con el tiempo empecé a preguntarme algo muy simple:
¿Quién decidió que Dios era bueno?
Porque cuando uno observa la historia de la Iglesia Católica, descubre una institución profundamente conservadora. Una organización jerárquica, no democrática, exclusivamente masculina en sus puestos de poder y acostumbrada durante siglos a dictar cómo deben vivir los demás.
La Iglesia ha definido lo que es una familia correcta, una sexualidad correcta, una muerte correcta, un amor correcto y hasta una forma correcta de pensar.
Ha decidido quién es pecador y quién no.
Quién merece aprobación y quién merece condena.
Quién está dentro y quién está fuera.
Y siempre lo ha hecho afirmando que habla en nombre de Dios.
Pero si Dios es quien define lo que está bien y lo que está mal, la pregunta sigue siendo la misma:
¿Quién decidió que Dios tenía razón?
Porque afirmar que algo es bueno porque Dios lo ordena no explica nada. Simplemente desplaza la pregunta un paso más allá.
La moral deja entonces de ser una reflexión para convertirse en obediencia.
Y ahí aparece el Diablo.
El antagonista imprescindible.
El personaje sin el cual la historia se derrumba.
Porque ningún relato funciona sin conflicto.
Si Dios representa el orden, alguien debe representar la rebeldía.
Si Dios representa la obediencia, alguien debe representar la desobediencia.
Si Dios representa la autoridad, alguien debe representar el cuestionamiento de la autoridad.
Durante siglos se nos ha enseñado a imaginar al Diablo como un monstruo grotesco. Cuernos. Cola. Pezuñas. Fuego. Azufre. Rojo.
Hollywood terminó de completar la imagen.
Lo convirtió en una criatura terrorífica o en un sofisticado corruptor de almas.
Pero esa representación siempre me ha parecido sospechosamente conveniente.
Porque cuando una institución necesita un enemigo absoluto, lo primero que hace es deshumanizarlo.
Lo convierte en un monstruo.
Lo vuelve irreconocible.
Lo aleja de cualquier parecido con nosotros.
Sin embargo, cuando uno observa la historia con cierta distancia, descubre algo curioso.
Muchos de los avances sociales que hoy consideramos normales nacieron precisamente de personas que se atrevieron a cuestionar autoridades, tradiciones y dogmas.
Personas que se rebelaron.
Personas que desobedecieron.
Personas que hicieron preguntas incómodas.
La ciencia avanzó gracias a quienes dudaron.
Los derechos civiles avanzaron gracias a quienes desafiaron normas consideradas sagradas.
La libertad de conciencia avanzó gracias a quienes se negaron a aceptar verdades impuestas.
No estoy diciendo que el Diablo sea el héroe de la historia.
Ni siquiera creo que exista.
Lo que digo es algo más sencillo.
Quizá el problema no sea el Diablo.
Quizá el problema sea la necesidad permanente de inventar diablos.
Porque cada sistema de poder necesita uno.
Un enemigo.
Un hereje.
Un pecador.
Un desviado.
Alguien sobre quien proyectar todos los males.
Alguien que justifique la existencia de los guardianes del bien.
Y entonces la pregunta deja de ser si Dios existe.
La pregunta pasa a ser otra.
¿Quién tiene derecho a decidir qué es el bien?
¿Quién tiene derecho a definir qué vidas son correctas y cuáles no?
¿Quién tiene derecho a hablar en nombre de la verdad absoluta?
Como ateo, no tengo respuestas definitivas.
Pero sí una convicción.
Desconfío de cualquiera que afirme poseer la verdad absoluta.
Y desconfío todavía más de quien necesita un demonio para demostrar que tiene razón.
Y luego me pasa una cosa.
El Diablo me cae mejor.