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Una mujer limpia el suelo mientras el dueño y el encargado de la limpieza se la miran

NEPOTISMO + PROCRASTINACIÓN = UNA ESCOBA

El señor Valcárcel era un empresario hecho a sí mismo.

Al menos eso creía él.

Había heredado una pequeña empresa de su padre y, después de treinta años, había conseguido que siguiera igual.

Le gustaba recordar a sus empleados que nadie le había regalado nada.

Lo decía especialmente los lunes, cuando reunía a los responsables de departamento para recordarles que los resultados no caían del cielo, que el dinero había que ganárselo, que aquella empresa no era una organización benéfica y que los enchufados no tenían cabida.

—Aquí se viene a trabajar —repetía—. El que quiera cobrar sin hacer nada, que se busque otro sitio.

Todos asentían.

Especialmente su hermano.

Su hermano se llamaba Federico y era el responsable de la limpieza.

No había superado ningún proceso de selección, aunque el señor Valcárcel justificaba que había sido elegido por su extraordinario conocimiento de las instalaciones.

Era cierto que Federico conocía muy bien el edificio. Llevaba quince años recorriéndolo.

Generalmente en busca de café.

Su incorporación había sido una decisión familiar. Federico tenía dificultades para conservar un empleo, básicamente porque sus jefes anteriores insistían en que fuera a trabajar.

El señor Valcárcel decidió darle una oportunidad.

—Mi hermano necesita estabilidad y esta empresa necesita a alguien que se ocupe de la limpieza.

Parecía una combinación perfecta.

Y lo fue.

Federico consiguió la estabilidad y la empresa conservó su necesidad de limpieza.

❦

Federico llegaba cada mañana a las nueve y media.

Su horario empezaba a las ocho, pero consideraba que la puntualidad era una forma innecesaria de precipitación.

Saludaba al vigilante de la puerta, se tomaba un café y recorría las instalaciones con expresión preocupada.

A veces se detenía frente a una papelera.

La observaba. Suspiraba. Y continuaba su camino.

Los empleados de la empresa interpretaban aquellos gestos como parte de una metodología de trabajo que desconocían.

Su despacho tenía una placa:

"DEPARTAMENTO DE LIMPIEZA Y CONSERVACIÓN"

Federico había pedido que añadieran la palabra «Conservación».

Le parecía que le daba más tono a su cargo. Y no dejaba de tener razón.

Durante quince años había conservado intacta la suciedad de la empresa.

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Una mañana ocurrió un accidente.

Un empleado del departamento de comercial tropezó mientras llevaba un paquete de harina destinado a una demostración. La empresa era una empresa de pasta. En su sentido más amplio.

El paquete cayó al suelo, se abrió y la harina se desparramó por el pasillo.

El empleado recogió el envoltorio y avisó a Federico.

—Se ha caído harina en el pasillo. ¿Puedes barrerla?

Federico examinó la situación con gesto profesional.

—Ahora mismo.

Y se marchó.

A mediodía, la harina seguía allí.

Al día siguiente, también.

Una semana después, alguien colocó una papelera para evitar que la gente la pisara.

Dos semanas después, la papelera había desaparecido, pero la harina allí estaba.

Los trabajadores aprendieron a rodearla.

Un empleado nuevo preguntó qué era aquella mancha blanca.

—Harina —le explicaron.

—¿Y por qué está ahí?

—Porque se cayó.

Con el tiempo, la harina adquirió cierta utilidad.

—El despacho de contabilidad está al fondo, después de la harina.

—¿Dónde es la reunión?

—En la sala de la izquierda, justo antes de la harina.

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Transcurrido un mes, Clara, la responsable de administración, decidió intervenir.

Había pedido a Federico que barriera la harina en cuatro ocasiones.

Las cuatro habían recibido la misma respuesta:

—Ahora mismo.

Clara llegó a la conclusión de que Federico utilizaba una definición del tiempo distinta de la habitual.

Así que decidió barrer ella misma.

Se dirigió al almacén.

Buscó en los armarios.

Revisó el cuarto de mantenimiento.

No encontró ninguna escoba. Ni un recogedor.

Al final, fue al despacho de Federico.

Lo encontró mirando un vídeo sobre las ventajas de trabajar cuatro días a la semana.

—Federico, ¿dónde guardas la escoba?

—¿La qué?

—La escoba.

—¿Qué escoba?

—La de barrer.

Federico reflexionó.

—No tenemos.

—¿Cómo que no tenemos?

—Nunca hemos tenido.

—¿Y cómo limpias?

Era una pregunta que nadie le había formulado en quince años.

—Bueno, depende.

—¿De qué?

—De lo que haya que limpiar.

—Por ejemplo, harina.

—Eso habría que barrerlo.

—Exactamente. ¿Con qué?

—Con una escoba, supongo.

Clara se quedó perpleja.

—¿Y por qué no tenemos escoba?

Federico pareció sorprendido.

—Porque nunca hemos necesitado una.

Aquella noche, Clara le explicó a su marido que trabajaba en una empresa con cincuenta empleados, tres plantas, dos ascensores y un departamento de limpieza que no tenía escoba.

—¿Y qué hace el encargado? —preguntó él.

—Es el hermano del dueño.

—Ah.

No hizo más preguntas.

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A la mañana siguiente, Clara apareció en la empresa con una escoba y un recogedor.

Los llevaba bajo el brazo.

—¿Eso es tuyo? —preguntó el vigilante de la entrada.

—Sí.

—¿Y para qué lo traes?

—Para barrer.

El vigilante asintió lentamente. Parecía una explicación razonable.

Clara llegó al pasillo y empezó a barrer. Tardó cuatro minutos.

La harina desapareció.

Dos empleados se detuvieron a contemplar el resultado.

—Pues ha quedado limpio.

—Sí. Parece otro pasillo.

La noticia se extendió rápidamente. Alguien había barrido. Y lo había hecho con una escoba y un recogedor traídos de casa.

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Federico se enteró a media mañana.

La noticia le produjo una profunda indignación.

No por la harina. Ni por el estado del pasillo. Sino porque alguien había realizado una tarea correspondiente a su departamento sin consultárselo.

Subió inmediatamente al despacho de su hermano.

—Tenemos un problema. Clara ha estado limpiando —anunció Federico.

—¿Y?

—Que eso me corresponde a mí.

—¿Y por qué lo ha hecho?

—Porque había harina en el suelo.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace un tiempo.

—¿Y tú no la habías limpiado?

—Estaba pendiente.

El señor Valcárcel conocía a su hermano desde hacía cincuenta y dos años. Sabía perfectamente qué significaba «pendiente».

—¿Y qué quieres que haga?

—Hablar con ella. No puede ir por ahí haciendo mi trabajo.

El empresario consideró el asunto. Le molestaban especialmente los empleados que se saltaban los procedimientos.

Llamó a Clara.

—Me han dicho que has estado limpiando.

—Sí.

—Para eso tenemos un responsable de limpieza.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo por qué has intervenido.

—Porque no limpiaba.

El señor Valcárcel adoptó una expresión severa.

—Clara, en esta empresa cada persona tiene unas funciones. Imagínate que todo el mundo empezara a hacer el trabajo de los demás.

A Clara le pareció una idea que podría resultar extraordinariamente productiva si alguien hiciera el trabajo de un vago. Pero no dijo nada.

—Además —continuó el empresario—, me han dicho que introdujiste herramientas de tu propiedad.

—Una escoba y un recogedor.

—¿Quién te autorizó?

—Nadie.

—No podemos permitir que los empleados introduzcan material de trabajo sin autorización.

—Eran una simple escoba y un recogedor.

—Precisamente. ¿Y si mañana cada empleado decide traer sus propias herramientas? ¿Qué clase de empresa seríamos?

Clara estuvo a punto de responder que una empresa equipada. Pero llevaba veinte años trabajando allí y sabía reconocer cuándo una conversación había dejado de tener sentido.

—No volverá a ocurrir.

—Me alegra que lo entiendas. Aquí valoramos mucho la iniciativa, pero siempre dentro de los cauces establecidos.

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Al día siguiente se convocó una reunión extraordinaria.

El asunto figuraba en el orden del día como:

INCIDENCIA EN LOS PROCEDIMIENTOS DE LIMPIEZA Y USO DE EQUIPAMIENTO NO HOMOLOGADO.

La reunión duró dos horas y cuarenta minutos.

Se acordó crear una comisión para estudiar la necesidad de adquirir una escoba.

Federico fue nombrado presidente.

—Nadie mejor que tú —le dijo su hermano.

Federico se tomó el encargo muy en serio.

Solicitó catálogos, pidió presupuestos y organizó reuniones con proveedores.

Descubrió que existían escobas de interior, de exterior, industriales, de cerdas naturales y de cerdas sintéticas.

También descubrió que había que comprar recogedores. Aquello complicaba considerablemente el proyecto.

Pero presentó un informe.

Su conclusión era inequívoca:

La adquisición de una escoba requería un estudio previo de viabilidad.

El señor Valcárcel quedó impresionado.

—Esto es profesionalidad. Así es como se hacen las cosas.

Seis meses después, la empresa seguía sin escoba ni recogedor.

La comisión continuaba trabajando.

Federico había solicitado contratar a un consultor externo, un coach, para evaluar los modelos disponibles.

Su hermano aprobó la propuesta. Y le proporcionó el asesoramiento de un coach muy amigo suyo.

Clara, mientras tanto, había dejado su escoba y su recogedor en casa.

No quería volver a invadir competencias ajenas.

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Durante la comida de Navidad, el señor Valcárcel pronunció su discurso habitual.

Habló del esfuerzo, de la excelencia y de la importancia de asumir responsabilidades. Después anunció que el premio al empleado del año recaía en Federico.

Los asistentes aplaudieron.

El empresario explicó que su hermano había liderado un ambicioso proyecto de modernización de los procesos de limpieza.

Federico recibió una placa y un cheque.

—Las cosas bien hechas no se pueden improvisar —declaró emocionado.

El aplauso fue unánime.

Clara también aplaudió. Era una mujer educada.

Al terminar la comida, un camarero tropezó con una bandeja.

Un vaso cayó al suelo y se hizo añicos.

Todos miraron a Federico.

Federico contempló los cristales.

Después miró a su hermano.

—Para eso necesitaríamos una escoba.

El señor Valcárcel asintió con gravedad.

—Pues habrá que ponerse con ello.

Y ambos regresaron a la mesa para terminar el postre.