
Compro tarde de sábado
No sabía cuánto tiempo me quedaba de vida, pero sabía exactamente cuánto había perdido: una tarde de sábado. La mejor de la semana.
No voy a explicar cómo ocurrió. Tampoco serviría de nada. Lo cierto es que, cuando quise darme cuenta, aquella tarde ya no estaba. Había desaparecido de mi vida sin dejar rastro.
Pensé en ir a los Mossos a denunciar la desaparición, pero imaginé la conversación en comisaría.
—¿Qué ha desaparecido?
—Una tarde.
—¿Algo más?
—No. ¿Le parece poco?
Descarté la idea.
También pensé en reclamar una indemnización, aunque no tenía demasiado claro cómo calcular el valor de una tarde. ¿Por horas? ¿Por la cantidad de cosas que podría haber hecho? ¿Por las que había decidido no hacer? ¿Y a quién?
Entonces recordé que en Wallapop se vendía prácticamente de todo. Había visto anuncios de dentaduras postizas, de medio croissant, electrodomésticos que no funcionaban y hasta una piedra que, según su propietario, se parecía a Julio Iglesias.
Si alguien podía vender una piedra con la cara de Julio Iglesias, no veía por qué no iba a poder comprar una tarde.
Publiqué el anuncio a las 23:47.
COMPRO TARDE DE SÁBADO
Busco tarde de sábado en buen estado. Preferiblemente soleada, tranquila y sin compromisos. Abstenerse tardes lluviosas, reuniones familiares y celebraciones infantiles. Pago al contado. Urgente.
Precio: A convenir
Me fui a dormir convencido de que, a la mañana siguiente, encontraría alguna oferta razonable.
A las ocho tenía diecisiete mensajes.
El primero decía:
PACO_1978: ¿Todavía la buscas?
YO: Sí.
PACO_1978: Tengo una de martes.
YO: Busco una de sábado.
PACO_1978: Ya, pero esta está muy bien.
YO: ¿Qué tiene de especial?
PACO_1978: Que no trabajé.
YO: Entonces es un martes festivo.
PACO_1978: Exacto.
YO: No es lo mismo.
PACO_1978: Pues tú te lo pierdes. Además, te la dejo en veinte euros.
YO: Gracias, pero necesito un sábado.
PACO_1978: Por veinte euros tampoco vas a encontrar un sábado, campeón.
Bloqueé a Paco.
El segundo mensaje era menos comercial.
ELJUSTICIERO69: Hay que ser gilipollas para poner este anuncio.
YO: ¿Tienes alguna tarde que vender?
ELJUSTICIERO69: Tengo una hostia para ti.
YO: ¿De sábado?
No contestó.
El tercero ofrecía un intercambio.
MARI_CARMEN: Te cambio una mañana de domingo por la tarde del sábado.
YO: No me interesan los intercambios. Y menos una mañana de domingo.
MARI_CARMEN: Pues entonces no tienes nada que cambiar.
YO: Por eso quiero comprarla.
MARI_CARMEN: Ah, vale. Es que no había leído el anuncio.
Empezaba a ver claro por qué las plataformas de compraventa habían sustituido a los manicomios.
Sin embargo, entre las bromas, los insultos y las ofertas disparatadas, apareció un mensaje que despertó mi curiosidad.
DANI_22: Tengo una tarde de sábado. ¿Cuánto pagas?
YO: Depende. ¿De qué año?
DANI_22: De este.
YO: ¿Qué hiciste durante esa tarde?
DANI_22: Nada. Estuve jugando a la Play.
YO: ¿Toda la tarde?
DANI_22: Sí.
YO: ¿Y quieres venderla?
DANI_22: Claro. Total, para lo que hice.
YO: ¿Cuántos años tienes?
DANI_22: Veintidós. ¿Qué pasa?
YO: Nada. ¿Cuánto pides?
DANI_22: Diez euros.
Me quedé mirando la pantalla.
Diez euros.
Aquel muchacho estaba dispuesto a desprenderse de seis horas de su vida por el precio de dos cervezas.
YO: ¿No te parece demasiado barata?
DANI_22: Pues dame veinte, si quieres.
YO: ¿No te importa perder una tarde?
DANI_22: Qué va. Tengo un montón.
YO: ¿Cuántas?
DANI_22: Yo qué sé. Miles.
No respondí inmediatamente.
Recordé que, a los veintidós años, yo también creía tener miles de tardes por delante. Eran tantas que podía permitirme desperdiciarlas sin sentir remordimientos. Las gastaba esperando llamadas, viendo películas malas, discutiendo por tonterías o mirando el techo de mi habitación.
Nunca se me ocurrió contarlas.
YO: ¿Y si un día te faltan?
DANI_22: ¿El qué?
YO: Las tardes.
DANI_22: Tío, ¿me la compras o no?
Le dije que lo pensaría.
A media mañana recibí una oferta bastante más sofisticada.
COLECCIONISTA_VINTAGE: Dispongo de una tarde del verano de 1974. Estado impecable. Muy difícil de encontrar.
YO: ¿Cuánto?
COLECCIONISTA_VINTAGE: 3.500 euros.
YO: ¿Tres mil quinientos euros por una tarde?
COLECCIONISTA_VINTAGE: No es una tarde cualquiera.
YO: ¿Qué tiene?
COLECCIONISTA_VINTAGE: Tenía nueve años. Era agosto. Mi padre todavía vivía. Mi madre preparó bocadillos de tortilla y fuimos a la playa. Recuerdo el olor de la crema solar, la arena pegada a las piernas y una pelota roja que perdimos en el agua.
YO: Parece una tarde estupenda.
COLECCIONISTA_VINTAGE: Lo fue.
YO: ¿Y por qué la vendes?
COLECCIONISTA_VINTAGE: Porque necesito dinero.
YO: Me parece un poco caro.
COLECCIONISTA_VINTAGE: Prueba a encontrar otra igual.
No pude discutirle aquello.
Me quedé pensando en las tardes de mi infancia. En las interminables vacaciones escolares, cuando el verano parecía una estación sin final y los días eran tan largos que, después de comer, todavía quedaba tiempo para aburrirse.
Ahora me costaba recordar una sola tarde completa. Conservaba imágenes sueltas, voces, olores, algunas caras. Pero las horas se habían desvanecido.
Era curioso. Había vivido miles de tardes y apenas podía demostrar la existencia de unas cuantas.
El siguiente mensaje llegó mientras preparaba café.
JUBILADO_65: Buenas. He visto que busca tardes.
YO: Así es.
JUBILADO_65: Yo tengo todas las que quiera.
YO: ¿De sábado?
JUBILADO_65: De lunes, martes, miércoles… Para mí son todas iguales.
YO: ¿Y cuánto pide?
JUBILADO_65: Nada. Se las regalo.
YO: ¿En serio?
JUBILADO_65: Sí. A ver si usted les encuentra alguna utilidad.
YO: ¿No las necesita?
JUBILADO_65: Mire, llevo cuarenta y tres años levantándome a las seis de la mañana. Siempre decía que, cuando me jubilara, haría todas las cosas para las que nunca tenía tiempo.
YO: ¿Y ahora?
JUBILADO_65: Ahora tengo tiempo, pero ya no tengo ganas de hacer la mitad de esas cosas. Y para la otra mitad me faltan las rodillas.
YO: Lo siento.
JUBILADO_65: No lo sienta. Tengo una pensión, una terraza y un gato que me odia. Hay gente que está peor.
YO: ¿Entonces me regala una tarde?
JUBILADO_65: Las que quiera. Pero venga a buscarlas pronto, que no sé cuánto tiempo voy a seguir teniendo.
No supe qué contestar.
Por primera vez desde que publiqué el anuncio, sentí cierta incomodidad.
Aquel hombre tenía tardes de sobra, pero no sabía cuántas le quedaban. El muchacho de veintidós años, en cambio, creía disponer de una cantidad ilimitada.
Y yo estaba intentando comprar una que ya había perdido.
Seguí revisando mensajes.
Una mujer de Zaragoza me ofrecía una tarde de noviembre que había pasado en la sala de espera de un hospital. Me aseguró que estaba prácticamente nueva porque no había hecho nada con ella, salvo mirar una puerta.
Otro vendedor disponía de tres tardes consecutivas de agosto, pero exigía que me llevara también una comida familiar.
Un individuo pretendía venderme una tarde del futuro. Cuando le pregunté cómo podía garantizarme que llegaría a vivirla, me respondió que tampoco los fabricantes de paraguas garantizaban que fuera a llover.
Tuve que reconocer que tenía cierta lógica comercial.
Pensé en las tardes que había regalado.
A personas que ya no recordaba. A trabajos que habían desaparecido. A discusiones cuyo motivo había olvidado. A compromisos que acepté por no saber decir que no.
Había entregado horas, días y semanas enteras sin pedir nada a cambio.
Y, sin embargo, estaba indignado porque había perdido una tarde.
Quizá lo que más me molestaba era no haber podido decidir qué hacer con ella.
A las cinco de la tarde del domingo, el anuncio llevaba más de doscientas visitas.
Había recibido treinta y ocho mensajes, cuatro insultos y una oferta de intercambio por una bicicleta estática.
Estaba a punto de cerrar Wallapop cuando apareció una notificación.
NADIE_000: Tengo exactamente lo que busca.
YO: ¿Una tarde de sábado?
NADIE_000: Sí.
YO: ¿En buen estado?
NADIE_000: Perfecto.
YO: ¿Soleada?
NADIE_000: Primavera. Veintitrés grados. Cielo despejado. Una brisa suave.
YO: ¿Tiene compromisos?
NADIE_000: Ninguno.
YO: ¿Obligaciones?
NADIE_000: Tampoco.
YO: ¿Llamadas pendientes?
NADIE_000: No.
YO: ¿Alguien esperando algo de mí?
NADIE_000: Absolutamente nadie.
Me incorporé en el sofá. Aquello empezaba a parecer demasiado bueno.
YO: ¿Qué ocurre durante esa tarde?
NADIE_000: Nada.
YO: ¿Nada de nada?
NADIE_000: Nada que usted no quiera.
YO: ¿Y cuánto cuesta?
NADIE_000: Un euro.
YO: ¿Un euro?
NADIE_000: Sí.
YO: ¿Por qué tan barata?
NADIE_000: Porque no necesito dinero.
YO: Entonces, ¿qué gana usted?
NADIE_000: Tiempo.
Sentí un pequeño escalofrío.
YO: No entiendo.
NADIE_000: El precio es un euro y una tarde de su futuro.
YO: ¿De mi futuro?
NADIE_000: Exactamente.
YO: ¿Qué tarde?
NADIE_000: Una cualquiera. Todavía no ha llegado.
YO: ¿Puedo elegirla?
NADIE_000: No.
YO: ¿Y usted?
NADIE_000: Tampoco.
YO: ¿Cómo funciona?
NADIE_000: Usted recupera una tarde que ha perdido. A cambio, renuncia a otra que todavía no ha vivido.
YO: ¿Y si la que me quitan resulta ser importante?
NADIE_000: Todas pueden serlo.
YO: ¿Y si ese día tengo algo que hacer?
NADIE_000: Siempre tenemos algo que hacer.
YO: ¿Y si es la última tarde de mi vida?
Tardó unos segundos en contestar.
NADIE_000: Eso no lo sabemos ninguno de los dos.
Dejé el iPad sobre la mesa.
La operación parecía sencilla. Una tarde por otra. No perdía nada. Simplemente trasladaba unas horas del futuro al pasado, como quien cambia de sitio un mueble.
Pero había algo que no encajaba.
Hasta entonces había pensado en las tardes futuras como si fueran una propiedad garantizada. Un capital que todavía no había cobrado, pero que me pertenecía.
De pronto pillé que no tenía ninguna. Ni una sola.
Podía hacer planes para el próximo sábado, reservar mesa en un restaurante o comprar entradas para el cine. Pero nada de aquello significaba que llegaría a vivirlo.
Volví a coger el iPad.
YO: ¿Puedo pensármelo?
NADIE_000: Por supuesto.
YO: ¿Hasta cuándo?
NADIE_000: Hasta que se decida.
YO: ¿La oferta seguirá disponible?
NADIE_000: Mientras tenga tardes que ofrecer.
Miré el reloj. Eran las seis y cuarto.
Llevaba más de una hora conversando con aquel desconocido. Antes había pasado buena parte de la mañana revisando mensajes. Y la noche anterior había dedicado casi dos horas a redactar el anuncio, corregirlo, buscar una fotografía apropiada y decidir cuánto estaba dispuesto a pagar.
Empecé a hacer cuentas.
Desde que había perdido aquella tarde, había invertido cerca de siete horas intentando recuperarla.
Más de una tarde.
Me levanté, preparé otro café y me senté junto a la ventana.
Afuera todavía quedaba luz.
La calle estaba tranquila. Un hombre paseaba un perro diminuto que parecía tener mucha prisa. Dos niños jugaban a la pelota en la acera. Una mujer regaba las plantas de su balcón.
Ninguno parecía preocupado por el tiempo.
O quizá lo estaban y habían encontrado una manera más discreta de demostrarlo.
Pensé en el muchacho de veintidós años, dispuesto a vender una tarde por diez euros. En el jubilado que regalaba las suyas. En el hombre que conservaba una tarde de infancia como quien guarda una joya familiar.
Todos habían vivido las mismas horas.
Pero ninguno les daba el mismo valor.
Entonces vi que el tiempo era una mercancía extraña. Cuando uno creía tenerlo de sobra, no valía prácticamente nada. Cuando empezaba a escasear, se volvía carísimo. Y cuando desaparecía, ya no había dinero suficiente para recuperarlo.
El iPad vibró.
NADIE_000: ¿Ha tomado una decisión?
YO: Todavía no.
NADIE_000: No hay prisa.
Sonreí.
Era la primera vez que alguien me decía aquello sin saber cuánto tiempo me quedaba.
YO: Tengo una última pregunta.
NADIE_000: Dígame.
YO: ¿Usted ha comprado alguna vez una tarde?
NADIE_000: No.
YO: ¿Y ha vendido alguna?
NADIE_000: Muchas.
YO: ¿No le da pena desprenderse de ellas?
NADIE_000: No son mías.
YO: ¿De quién son?
Pasaron varios minutos.
NADIE_000: De personas que estaban demasiado ocupadas para darse cuenta de que las tenían.
Me quedé inmóvil.
Por alguna razón, aquella respuesta me produjo más tristeza que todas las historias que había leído durante el día.
Volví a mirar por la ventana.
El hombre del perro había desaparecido. Los niños seguían jugando. La mujer del balcón se había sentado en una silla y contemplaba la calle.
Pensé en bajar a dar un paseo.
Después pensé que antes debía resolver lo de la tarde.
Abrí de nuevo el chat.
YO: De acuerdo. Acepto.
NADIE_000: Perfecto. ¿Quiere que tramitemos el intercambio ahora?
YO: Sí.
NADIE_000: Solo necesito que confirme una cosa.
YO: ¿Cuál?
NADIE_000: Que entiende que la tarde que entregue no podrá recuperarla.
YO: Lo entiendo.
NADIE_000: ¿Está seguro?
Miré la pantalla durante un buen rato.
Después escribí:
YO: Completamente.
Aparecieron los tres puntos que indicaban que el vendedor estaba escribiendo.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Al final llegó su respuesta.
NADIE_000: Muy bien. Ya está hecho.
YO: ¿Cómo que ya está hecho?
NADIE_000: El intercambio.
YO: Pero todavía no le he entregado ninguna tarde.
NADIE_000: Sí. Acaba de hacerlo.
YO: ¿Cuál?
NADIE_000: Esta.
Miré el reloj.
Eran las ocho y diecisiete.
Afuera había oscurecido.
La mujer del balcón ya no estaba. Los niños se habían marchado. En la calle, las farolas iluminaban una acera vacía.
Durante unos segundos intenté recordar qué había hecho aquella tarde.
Había leído mensajes, negociado precios, rechazado ofertas, comparado recuerdos ajenos y discutido con un desconocido sobre el valor del tiempo.
No había hecho nada más.
Busqué el chat para protestar, pero el usuario había desaparecido.
También había desaparecido el anuncio.
En su lugar, Wallapop mostraba una notificación:
¡ENHORABUENA! TU COMPRA SE HA COMPLETADO CORRECTAMENTE.
Debajo había un botón para valorar la experiencia.
Una estrella. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
No sabía qué puntuación darle.
Cerré la aplicación.
Había conseguido recuperar una tarde de sábado. Una tarde luminosa de primavera, sin obligaciones, sin preocupaciones y sin nadie esperando nada de mí.
Solo había tenido que entregar otra a cambio.
Cogí una birra de la nevera y me senté junto a la ventana.
Pensé que, al fin y al cabo, no había sido un mal negocio.
Entonces caí en la cuenta de que, para recuperarla, acababa de perder una tarde de domingo.
Volví a abrir Wallapop.
En el buscador escribí:
COMPRO TARDE DE DOMINGO.
Esta vez estaba dispuesto a pagar un poco más.