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Foto de mi perro Rollo en su sofá mirándome

Todos los días son un buen día

No sé contar los años. Tampoco sé qué día es hoy. Nunca he sabido esas cosas. Sé otras.

Sé cuándo el sol entra por la ventana del salón. Sé cuándo el sofá ya está caliente. Sé cuándo la casa todavía duerme. Y sé cuándo mi colega se ha levantado.

Abro un ojo. Luego el otro. No tengo ninguna prisa.

Las patas de atrás tardan un poco más que antes en despertarse. Hay mañanas en las que parece que se han quedado dormidas mientras yo soñaba. Espero. Siempre acaban obedeciendo.

Me pongo de pie despacio. Eso antes no pasaba. Pero tampoco pasa nada. Ya estoy arriba.

Camino hasta la cocina. Todo huele igual que ayer. Eso me gusta.

Las casas deberían oler siempre a las mismas personas.

Mi colega ya está despierto. Siempre se despierta antes que yo. No necesito verlo. Lo sé.

Los humanos hacen mucho ruido cuando intentan no hacer ruido.

Voy hacia él. Cuando me ve, sonríe. Siempre sonríe.

Me rasca detrás de las orejas. Yo cierro un poco los ojos.

Ese sitio. Siempre ese sitio. Creo que conoce exactamente dónde viven los mimos.

Entonces ya puedo volver a mi sofá. Es mi sofá. No recuerdo cuándo decidimos que era mío. Supongo que un día me tumbé en él y no consiguieron que bajara. Así funcionan las mejores decisiones.

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Duermo. Mucho.

Los humanos creen que los perros dormimos porque estamos cansados. No. Dormimos porque sabemos hacerlo. A veces sueño. Sueño que corro, que salto, que persigo una pelota que nunca consigo coger. En los sueños mis patas vuelven a ser rápidas. Cuando despierto, ya no lo son tanto. No importa. También soy feliz.

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Durante el día salgo al jardín. No siempre porque tenga ganas. A veces solo quiero comprobar que todo sigue donde debe estar.

El limonero. La piscina. La puerta. Los pájaros. Los escarabajos, que cuando era pequeño me los metía en la boca porque me hacían cosquillas en la lengua.

Todo está bien. Ladro un poco y vuelvo dentro. Hace fresco. Me tumbo otra vez.

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Por la tarde ocurre algo importante. No sé exactamente cuándo. Solo lo noto. Es una especie de cosquilleo. Entonces voy a buscar la cuerda. O la pelota. La que toque.

Camino hasta mi colega. La dejo a sus pies. Espero. Nunca espero mucho.

Siempre deja lo que está haciendo. No importa si está mirando esa cosa brillante que tiene delante. No importa si escribe. No importa si habla. Siempre juega.

Creo que él piensa que juega conmigo. Yo creo que juego con él. Y los dos tenemos razón.

Tiramos de la cuerda.

Él hace como que es fuerte. Yo hago como que puedo ganarle. Los dos mentimos un poco.

Nos reímos. Bueno… Él se ríe. Yo resoplo. Que viene a ser casi lo mismo.

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Luego llega mi momento favorito. La noche.

Cuando mi colega dice:

—¿Vamos?

La mayoría de las veces yo ya estoy en la puerta antes de que termine la frase. Hay días que me meto debajo de la mesa, pero son pocos.

Salimos. No caminamos deprisa. No hace falta.

Él cree que vamos a pasear. En realidad, vamos a leer.

Cada planta cuenta una historia. Aquí pasó un perro grande. Aquí estuvo una perra. Aquí un gato se subió a la valla. Aquí una paloma. Aquí alguien dejó caer un bocadillo hace dos días.

Los humanos creen que solo huelo. No entienden nada. Estoy leyendo el mundo.

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Hace calor. Mi colega no me deja caminar mucho.

Antes me habría enfadado. Ahora sé que cuando me dice “¿Vamos a casa?", nunca es para fastidiarme. Es porque me cuida.

Los perros aprendemos esas cosas. No con palabras. Con los años.

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Volvemos a casa. Siempre siguiendo la línea amarilla que hay pintada en el suelo. Bebo agua. Subo despacio al sofá. Mi colega pasa por delante. Levanto la cabeza. Él me mira. No dice nada. Yo tampoco. No hace falta.

Cuando se va a la cama, le sigo y me siento a su lado. Acerco la cabeza para que me rasque detrás de las orejas.

Solo un rato. Lo suficiente para que sepa que estoy aquí. Y para que yo sepa que él también.

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No sé cuánto tiempo viviré. Los perros no pensamos en eso. Solo sabemos reconocer un buen día. Y hoy ha sido uno.

Me he despertado en mi sofá. He encontrado a mi familia. He jugado. He olfateado el mundo. He recibido todos los mimos que necesitaba. Y antes de dormirme otra vez, mi colega me ha dicho lo mismo que me dice siempre.

—Qué bueno eres, Rollo.

Yo no sé qué significa ser bueno. Solo sé querer. Y, por lo que he visto durante todos estos años, para los humanos eso parece bastante importante. Así que cierro los ojos.

Mañana volveré a buscar la cuerda. Y sé que él volverá a dejar lo que esté haciendo.

Hay cosas que nunca cambian. Y ojalá nunca cambien.